La alegre y solícita Gabriela lleva la maternidad entre los cristales de sus dos ojos claros. Aunque nunca ha procreado un hijo propio, el destino le dio más de una docena de vástagos que responden a sus caricias de madre sustituta entre los pabellones de cuerpecitos quemados y cuidados intensivos del hospital del Niño.
“Yo estoy aquí porque recibo muchísimo y los niños son para mi pedacitos de cielo, pedacitos de Dios”, pronuncia el ángel de los pasillos del nosocomio infantil de la avenida Brasil, mientras se asila en un anonimato cruzado sólo por las sonrisas de sus frágiles protegidos.
Y es que una mañana, Gabriela decidió postergar su carrera de publicista, acaso llamada por una señal igual de blanca como el uniforme que viste mientras se abre paso en ese sanatorio de los hijos del Perú herido. Gabriela sonríe segura de su vocación, se olvida por un momento que porta un secreto…